EL MURO

El muro de Berlín es probablemente el intento más acabado de los autoritarismos modernos de “parar el viento con las manos”. La ingeniería al sevicio de lo imposible: impedir una de las pulsiones más auténticas de los hombres, vivir donde y como quieren.

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13 de agosto de 1961 – 9 de noviembre de 1989

Fotografías y texto
Eugenio Valentini

Estudié y me crié hasta los 18 años en una escuela alemana. Durante los años 60, mientras se construía el muro —y a solo 15 años de terminada la guerra— conviví con maestras, directoras, padres y abuelos de amigos que, a juzgar por su acento, no hacía mucho que habían escapado de Europa. Tendrían que pasar más de 40 años para que pudiera viajar a Berlín, y ver con mis propios ojos cosas que siempre había oído. Más allá de todo lo que me encantó de esa ciudad y de su gente, hubo —por razones obvias— una fascinación especial por estar parado frente al muro. A nivel turístico, no había inventado nada.

Descartando desde el principio los dos lugares más icónicos —La Puerta de Brandeburgo y el Checkpoint Charlie— me dirigí hacia el museo que ilustra esta nota: el Berlin Wall Documentation Center, un punto menos turístico, pero que me tenía reservada una sorpresa. Fundamentalmente, porque en mi imaginario el muro de Berlín era una construcción lineal que separaba al este —ocupado por el pacto de Varsovia, es decir, la URSS— de la OTAN, situada al oeste. Casi que me lo imaginaba como una diminuta parte de lo que en aquellos años se llamó la Cortina de Hierro. Pero no. Caminando por Berlín, esa soleada mañana de abril, encontraba muro por distintos lados, lo que me produjo una gran desorientación.

// Sala central del Berlin Wall Documention Center donde se guardan los archivos con información de personas y eventos relacionados con la historia del Muro.

Fue en este museo —y por eso domina el inicio de este diario de viaje— donde un amable guía alemán me sacó de mi ignorancia. Berlín no estaba en la frontera. Berlín quedó dentro de la República Democrática Alemana, y a muchos kilómetros del oeste, donde Alemania era de Los Aliados. Literalmente, la ciudad era una isla dentro de la URSS. Como si fueran fractales, Berlín y Alemania reproducían el mismo y paradójico conflicto geográfico. Fue ahí —cuando la inquietante emigración se les hizo evidente— que decidieron cerrar “las puertas”.

Los tres sectores —inglés, francés y estadounidense— fueron encerrados con un cerco circular, a modo de nuestra General Paz vernácula. Una isla dentro de la URSS, con algunas arterias que la unían a la República Federal Alemana. Ya nadie podía entrar e ir desde allí a Europa del Oeste. No podían, pero lo intentaron: 5043 fugas exitosas, 239 muertos, 3221 personas arrestadas en proximidades del muro y 260 heridos.

Y en medio de todos esos hombres, mujeres, militares y hasta niños, un personaje en particular. Un soldado de apenas 19 años de edad fue enviado a custodiar la incipiente y vertiginosa construcción del “muro de la vergüenza”, como se lo llamó originalmente.

El 15 de agosto de 1961 Conrad Schumann, apostado en la Bernauer Straße, se acercó a la cerca y, sin dudarlo, tomó impulso para saltar la valla política que dividía su país. “En tres o cuatro segundos todo terminó”, fueron sus palabras. No se imaginaba que faltarían 28 años para que realmente todo terminara.

La icónica imagen tomada por el fotógrafo Peter Leibing del soldado Conrad Shumann al momento de saltar las vallas de alambre de púas ilustra hoy los edificios y calles de Berlín como un recuerdo de la necesidad más básica del hombre.

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