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El miedo a no entender

Abrió la puerta de una tercera aula, pero tampoco había nadie allí. La escuela estaba vacía. No escuchaba los gritos típicos de los niños o adolescentes en plena efervescencia juvenil. Tampoco era capaz de oír la voz de algún maestro dando clase, ni siquiera aún el timbre que anunciaba el inicio del recreo. Los pasillos de la escuela parecían enormes con tanta soledad, era triste ver patios sin chicos jugando.

Pero cuando abrió la cuarta puerta y asomó la cabeza, el panorama frente a sus ojos era distinto. Ya no estaba en la escuela, aquel lugar tenía el aspecto de una sala de cine. Había muchas filas de asientos vacíos en medio de una oscuridad penetrante, solo apenas iluminada cada cuatro o cinco segundos por una enorme pantalla que titilaba con luz blanca, y luego se apagaba. Hacía frío y el silencio era ensordecedor. ¿Dónde estaba la gente?

Al salir de la sala caminó por un largo y oscuro pasillo, en busca de alguien que pudiera explicarle cómo salir de lo que parecía un interminable laberinto. Había varios restos de maíz inflado sobre la alfombra roja que revestía el camino. Cada vez que pasaba por la puerta de alguna sala la abría, asomaba la cabeza y preguntaba: “¿Alguien puede ayudarme a salir?”. Recorrió todo el extenso pasillo sin encontrar a nadie, y al final, solo había otra puerta; una que, esta vez, lo condujo a un excéntrico hotel.

Todas las habitaciones estaban vacías. Algunas tenían sus camas deshechas, otras a medio hacer, como si el tiempo se hubiera frenado de golpe. No había mucamas, tampoco nadie en la recepción. De nuevo se preguntaba dónde estaba la gente, cuando comenzó a sentir una sensación de angustia y desasosiego. Era extraño ver lugares que habitualmente estaban colmados de vida, sin una sola persona. Una puerta del hotel lo llevó a un museo, y del museo pasó por un restaurante, otro museo, una heladería. Todos estaban vacíos. Finalmente, una puerta se abre hacia un lugar donde por fin comenzó a ver gente.

Era un correo distinto a todos los que había visto. Allí predominaban los colores alegres, luces, formas, casilleros. La gente entraba y salía, hablaba de un colapso, de las demoras que había para recibir la correspondencia. Él, sin entender nada, se acercó a una mujer de unos cuarentaitantos que parecía ansiosa por entregar un paquete, y le preguntó: “¿Dónde estoy y por qué están todos tan apurados?”. Nada, ni lo miró, ni le respondió, ni siquiera pareció registrarlo. Algo indignado, se dio media vuelta y caminó hacia un joven que intentaba escribir en una etiqueta, con una lapicera casi vacía de tinta. “Disculpame, ¿podrás decirme dónde estoy y por qué están todos a las corridas?” De nuevo recibió silencio e indiferencia. “¿Soy invisible?”, pensó. Con bronca y desconcierto decidió salir a la calle y empezar a caminar. Estaba prácticamente vacía, solo en algunas cuadras se cruzó con una o dos personas que caminaban apuradas, de nuevo sin registrarlo.

Empezó a prestar atención a las casas. Y se dio cuenta de que todos estaban allí, en sus casas. Tocó puertas, hizo gestos a través de ventanas, pero nadie jamás le respondió. La gente estaba en sus casas. Se acercaban a la ventana y miraban con desconcierto, miraban como si nunca hubieran visto algo más allá de sus casas, parecían preocupados. Los pocos que salían lo hacían asustados, mirando para todos lados, corriendo hacia sus destinos. Los que regresaban, entraban apurados, como si alguien los estuviera persiguiendo.

La angustia se mezcló con el miedo. El miedo a no entender, el miedo a una situación que era totalmente desconocida para él. Espacios públicos, locales gastronómicos, negocios, escuelas, todos estaban vacíos. La gente estaba en sus casas, quizás como nunca antes lo había estado. Pero nadie respondía, solo miraban por la ventana…

El despertador sonó, se levantó de la cama, corrió la cortina y miró por el ventanal de su cuarto, que daba a la calle: el día era soleado, los locales levantaban sus persianas, los autos pasaban en cantidades como era costumbre en su barrio, y el café de la esquina servía el desayuno a sus clientes.

Respiró profundo y sonrió aliviado. Todo era como antes y aquello que tanto miedo y confusión le causó no había sido nada más que un mal sueño.

Lic. Victoria Rico
Directora ejecutiva

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